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¿Qué hacer con los 5 mil euros que Azul ganó con su cuadro? Con 5 mil euros uno puede pasar dos años viajando por África sin trabajar o cuatro noches en una suite del Hotel Crillon de París. Últimamente, parece imponerse el despilfarro en un hotel 4 estrellas – en París los hoteles llegan sólo hasta 4 estrellas, evitan la quinta porque les significaría pagar más impuestos, muchos más impuestos. Los grandes hoteles de Francia pertenecen todos a dinastías petroleras del golfo pérsico. A veces, los jeques, con los bolsillos rebosantes de petrodólares, caen de improviso al hotel. Esto ocurre por ejemplo cuando se aburren de flotar en sus inmensos yates amarrados frente a la Costa Azul. O cuando la señora se deprime porque su marido acaba de conseguirse una tercera esposa. El valium sumado al mareo provocado por el movimiento del barco la saca de quicio. Entonces se impone una escapada a la Avenue Montaigne de París, donde están las grandes casas de moda. Acompañada por su chofer, envuelta en su velo, la mujer recorre las boutiques, gastándose 100 mil euros en un día en ropa que probablemente no usará jamás. Y el dolor de cabeza sigue ahí. Mientras, el esposo y sus primos se han ocupado del alojamiento. Han tomado un piso del hotel para los hombres y otro para las mujeres. No es conveniente que las esposas se crucen con las prostitutas de lujo que empiezan a caer a partir de las once de la noche.
Como bien resume Saul Bellow en uno de sus libros, 'los reyes del petróleo en el Crillon, los CEO en el Ritz y los playboys en el Meurice'. Le cito el pasaje de la novela a Azul y discutimos qué fauna preferimos observar. Es cierto, nos saldría más barato ir al zoológico. Prometo averiguar cuál es realmente la mejor opción en la oficina, después de todo la hotelería es mi trabajo.
Las oficinas están ubicadas en el decimotercero distrito, en el barrio de oficinas recientemente renovado, no muy lejos de la nueva Biblioteca Nacional. Se trata de un edificio ultramoderno, hecho con vidrio, acero y hormigón. La arquitectura es un buen ejemplo del nuevo capitalismo francés, en contraste con el viejo capitalismo paternalista, que había privilegiado estructuras edilicias opacas, donde lo importante era transmitir la idea de solidez y perennidad. Hoy, importa la claridad, el dinamismo, la eficacia, lo que se refleja en la cantidad de materiales transparentes y ligeros. La sensación de apertura y energía aumenta con las pantallas de plasma que difunden programas de información en continuado, ubicadas en lugares estratégicos, allí donde en otros tiempos habría reinado el retrato del fundador de la empresa. La high-tech incrustada en materiales tan fríos podría dar una sensación de aeropuerto, pero ciertos espacios iluminados con luz natural y muebles de madera contrarrestan esta sensación poco humana. En fin, quien haya leído a J.G. Ballard se halla fácilmente en un lugar así.
Quizás, lo que realmente dé la sensación de estar viviendo en el futuro no sea ni la arquitectura ni la tecnología, sino la gente que aquí trabaja. Para ingresar al edificio, uno tiene que sortear una triple barrera de seguridad, y poco importa – es mi caso – que uno haya trabajado por más de tres años en la casa: hay que identificarse. El primer filtro consiste en un mostrador donde emergen los troncos de seis chicas enfundadas en uniformes de azafata. Tienen entre 22 y 30 años. Cualquiera de ellas es más hermosa que la francesa más hermosa que usted haya visto. Su belleza es como el lugar, todos los rasgos tienen excelentes terminaciones. El rostro, las formas, el cuidado de las uñas, la alineación de los dientes, el espesor de los labios, todos los parámetros parecen haber sido diseñados para excitar al máximo pero sin caer nunca en la vulgaridad. Son rubias, negras o árabes, pero físicamente, todas tienen un indefinible denominador común. Tal vez sea la forma en que miran, que vira de la dureza a la docilidad según la importancia de quien se presente a su mostrador.
Hace dos semanas, los uniformes de las chicas, que durante todo el tiempo que estuve en la empresa fueron rojos, fueron cambiados por unos de color azul marino. El corte, que parecía una versión moderna de un tailleur, adoptó una forma que, sin perder elegancia, es decididamente más deportivo. Me encantaría conversar con la persona que resolvió que este cambio se imponía. Debe ser un tipo fascinante.